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Público de Idoia Montón. Por Javier Peñafiel->
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Texto para la presentación del libro “Idoia Montón” en Galería Alegría

Por Luis Salaberria.

Hasta hace unos minutos no tenía muy claro si Idoia Montón existía realmente. Algunos amigos me contaban que la habían visto, y si mis amigos me dicen que han visto algo yo les creo. Si Pablo Llorca me cuenta que ha visto un bigfoot en una excursión por Panticosa le creo. Conozco el trabajo de Idoia, lo he visto en exposiciones y en catálogos, pero esas obras no me confirman su existencia. Quizá esas pinturas las hace Javier Peñafiel. Y el dato que mas me hace desconfiar es que la conocí, pero ha pasado tanto tiempo desde entonces que mi memoria puede estar equivocada.
Fue en 1991. Formábamos parte de la exposición Cien Años de Arte Contemporáneo que organizaba Juana de Aizpuru, donde nos presentaba como jóvenes propuestas de su galería junto con Ana Laura Aláez y Diego Figari. Recuerdo que un par de meses antes me llamó Juana para conocerme y pedí a Diego que me acompañará. Mientras subíamos las escaleras de la galería le propuse que se hiciera pasar por mí. Durante un par de minutos discutimos sopesando las dificultades de mantener un engaño de ese calibre durante años y finalmente desistimos. Quizá Idoia y Ana Laura también jugaron con esa idea y fueran más osadas. A lo mejor quien está aquí y ahora, a mi lado, no es Idoia sino Ana Laura.

Recuerdo sus obras, sencillas y complejas a un mismo tiempo. Como embriones de esculturas, en formación pero ya completas. También recuerdo a Idoia, con un aire mágico, como si me presentasen a un personaje recién llegado de oscuro bosque de un País Vasco mítico y profundo.

Volví a ver su obra en una exposición comisariada por Pablo Llorca que se llamaba La cicatriz interior. Fue en 1998 y se mostraban obras de 1992. Recuerdo que un cuadro, Blanco sobre blanco, me corto el ojo como en la escena de Un perro andaluz de Luis Buñuel. En aquellas pinturas deliciosamente torpes y profundamente románticas aparecían princesas, gigantes, enanas, duendes y lobos, en castillos, palacios y estepas nevadas. Todo encajaba, Idoia nos presentaba su mundo real, su casa y sus amigos. De hecho si os fijáis en el cuadro El Banquete (1992) aparece autorretratada como una Walquiria anfitriona.

En 2006 vi las obras que se exhibir en la exposición Icónica en Patio Herreriano en Valladolid. Comisariada también por Pablo, la exposición mostraba cómo una serie de artistas trabajaban sobre la “realidad”. Idoia presentaba veinte pinturas realizadas a partir de 1995 que reproducía de manera realista lo cotidiano, su entorno doméstico. En un principio me desilusioné esperando las emociones que sentí con las obras presentadas en La cicatriz interior pero enseguida comencé a percibir que las imágenes de estos cuadros eran tan reales, o tan irreales, como aquellas. Idoia se autorretrataba continuamente, se reflejaba en espejos, en los vidrios de ventanas, en pantallas de televisión. Era múltiple. Siempre con una bata de cuadros. Del mismo modo que en el cuadro El Banquete la vi como una princesa, ahora se mostraba como una maga con su manto mágico. Su perro Sisógenes, que aparece en varios cuadros, es un dios protector. Siempre lo representa durmiendo porque vigila desde el sueño. En 2001 pintará el cuadro Sisógenes en majestad, lo que reafirma mi sospecha. Bilbao es un reino iluminado por luciérnagas y medusas fluorescentes, su habitación es su palacio y los enchufes, la televisión, cajas, pinceles y otros objetos representados son sus instrumentos de magia. Esa transición de representar “lo real” en las obras mostradas en Icónica y “lo fantástico” de las obras de 1992 se entiende muy bien contemplando los trabajos realizados en 1993 titulados Ciudad de Gregorio el escarabajo, Solar y Engendro Joven de la cloaca. Vemos en ellos animales que reconocemos pero en escala desproporcionada con respecto al resto de la composición, aparecen en territorios posiblemente reales y cercanos al taller de Idoia en Bilbao. Lo realista empieza a contaminar lo simbólico, o lo simbólico a impregnarlo todo con su baba.

Viendo su libro recién editado descubro otras obras. En 2005 sigue pintando los objetos de su cuarto, como si estuviera encerrada, como una “hikikimori”. A veces pinta exteriores pero parecen soñados, siempre de noche. En un principio no nos deja ver su rostro pero sigue pintándose. Santa Teresa decía que Dios está entre pucheros, Idoia busca algo parecido entre los objetos que pinta. Albert Camus decía que pensar es ver de nuevo. Idoia pinta para mirar intentando comprender. Hay algo místico en estas obras, en estas vanidades que nos hablan sobre la muerte, y lo hacen doblemente porque son como naturalezas muertas barrocas y porque son pop. Me entusiasma una pintura sin título donde aparece un bote de Cola Cao que sirve de jarrón para una flores cortadas. A la izquierda se muestra un teclado de ordenador que sería la conexión con los otros, con el exterior, y a la izquierda hay unos libros que simbolizarían la reflexión, la vía hacia el interior. Y en medio el bote de Cola Cao, un objeto que está codificado en alguna parte de nuestros cerebros, en nuestro consciente colectivo como algo que representa conceptos asociados a lo familiar, a lo estable y acogedor, pero que en este caso es el contenedor de unas frágiles flores que se marchitarán en unas horas. Para eso se han pintado, para que sean inmarcesibles. Y destacable es la pintura titulada Las siete ventanas de mi habitación, una especie de Las Meninas de Idoia Montón. En este cuadrazo aparece, de nuevo, su imagen reflejada en un espejo con la paleta y el pincel, junta a un almanaque algo ajado en el que se reproduce la pintura de Arnold Böcklin La Isla de los muertos y vemos el rostro de niño que nos mira desde la pantalla de ordenador. Además de unos libros, hay un crucifijo policromado y delirante que ya hemos visto en otras de sus pinturas y, entre otras cosas, entre otras ventanas, destaca el estampado de lo que parece una sudadera apoyada en el respaldo de una silla representando una cara diabólica, de aspecto gótico, muy común en algunas estéticas del rock. Simbología y naturalismo, en una pintura serena y reflexiva, nada pedante.

Me gustaría, para terminar, hablar de las últimas obras. En un principio me desconcertaron, como tiene que ser. En la sala bunker de la Galería Alegría de Madrid, viendo con Pablo Llorca estas obras llegamos a la conclusión de que si no las entendíamos en ese momento ocurriría pronto, y que siendo obra de Idoia nos gustaría. Cuando salí de la exposición empecé a pensar en ellas, a percibirlas. Estos collages y pinturas tienen algo de prebélico, recuerdan a obras de vanguardia posteriores la Gran Guerra, de la que este año “celebramos” los 100 años de su inicio. Como si Idoia hubiese ido a las trincheras o hubiera volado en un bombardero y, alucinada, luchara contra el trauma plasmándolo en sus obras. Parecen obras del pasado que predicen el dolor. El aye-ayye portador de armas o la cigüeña derramando sangre parecen señalar objetivos de muerte, vistas aéreas y planos de ciudades, de futuras ruinas. Y, con algo de El Greco, la potente imagen de ese espectro gris que sale de las alcantarillas en el cuadro Anunciación en Virgen del Carmen 6.

Ahora que te he vuelto a ver después de tanto tiempo, sigo sin saber si eres real. Pero con la excusa de preparar esta charla he revisionado tus obras y ellas si me parecen reales y me han hablado de ti. Me han ayudado a conocerte. Espero que nos veamos antes de que pasen otros 23 años, y si así ocurriera, sigue pintado, me encantará saber que has hecho durante ese tiempo.

Madrid 2014

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Público de Idoia Montón

Cada día confío en que seré mejor público. Y quiero decir con eso que perteneceré mejor al común. Participando más de los hechos en la corteza terrestre y lo que sucede entre nosotros, animales, cosas autistas y sujetos diversos. Y la cantidad, nuestra cantidad, lo hará, hace conmigo de todo como su bien público. Pero, ahora, en concreto, voy a hablar de la experiencia de ser público de Idoia Montón.

Con I. Montón compartimos antagonismo, políticas, intersexualidad, anti-programas, dibujos, características y caricaturas, generación y distracción, la función contradictoria, el insobornable constituyente y sobre todo: la revuelta collage.

Me explico, ahora mismo, rápido: hemos compartido mucho tiempo aunque no nos viéramos por edad y por sus contextos. Y voy a acotar ese tiempo, desde una visita a Arteleku en San Sebastián a otra visita a la Kasa de la Muntanya en Barcelona a principios de la segunda década del dos mil. Y en cuatro sub puntos, mis visitas a Juana de Aizpuru y Buades en los noventa del siglo XX y a EART y Halfhouse en la segunda década del siglo XXI. Tiempo da.

¿Da vértigo esa temporalidad? De acuerdo, pero se trata del minucioso placer del vértigo. Nadie ha dicho que el vértigo sea una gran velocidad, tiene mucho de demora, de irresoluble, de repetición, tiene de todo. Cómo la experiencia de ser público de I. Montón.

A finales del siglo XX, en Donostia, algunos artistas jóvenes se mezclaban en el espacio de Arteluku, en los talleres de Angel Bados por ejemplo, que siempre visité por placer y nunca como artista, disfrutaba de sus ejercicios de escultura, de aquellas generosas especulaciones de cosas literalmente deconstruidas, casi como pretextos. Es un momento que tuvo, brevemente, maravillas que luego se cristalizarían en un formalismo de producto, casi un estilo. Era muy peculiar ver esos trabajos en la escena del llamado conflicto vasco, en la aparente higiene de superficie de Donostia, era interesante como caso de estudio, pero ese es otro tema, por llegar, todavía por llegar.

Si el casino financiero ya había afeado casi todo en la institución arte para entonces, todavía quedaban por venir la hipermediación de las nuevas historiografías normativas, el cinismo de autor gestor, los nominalismos políticos y su abuso de imagen del subalterno, o el neocolonialismo cultural del aznarzapateado y sus arquitecturas insostenibles.

En ese momento donostiarra vi unos collages de Idoia que luego volví a ver en la exposición de Madrid -100, colectiva de 4 artistas que entre todos no juntaban 100 años. Esa exposición contaba bien ese momento. Dos escultoras vascas y dos pintores que residían en Madrid, de una misma edad que parecía vivir de tiempos irreconciliables. La ironía perversa, cromática débil y plástica ácida de los pintores era un lugar de egolactancias, de narcisismos de sujetos fuertes pero un tanto sufridores, un hedonismo killer, como sucede en las noches de los cuentos infantiles donde el terror de los adultos vive de insomnios burgueses. Una de las pinturas de Luis Salaberría, que tiene una amiga en su casa, es un personaje delirado, agridulce, de unos 50 centímetros, que siempre me parece algo distinto porque continúa espejeándome bien. En las escultoras se daba sin embargo un distanciamiento asertivo, un más allá del narcisismo o quizás su biocontrario, de tal foma que la muestra funcionaba, insconscientemente o no, como una reflectante muestra antropomaníaca. De todos ellos la obra de Ana Laura fue la que mejor se inscribió en la hegemonía posterior y su mercado, teniendo que lidiar con las respuestas inmediatas a los infiernos de Arco, el armario cultural, el infantilismo de las políticas de adquisición, las cajas y bancos con sus propinas colección, un mundo agotador que acabó secuestrando al 90% de la producción de esa generación en una fiesta torpe. Diego murió como pensaba, radicalmente. Luis dibuja al margen de mucho, indoloro incluso. Idoia se dedicó a radicalizar políticamente su distanciamiento, a fondo.

Más tarde pude ver una evolución muy coherente, unas pinturas suyas en Buades en una colectiva muy distinta a la -100, era curioso ver un tipo de comisariado como malestar que fue esa expo de Miguel Cereceda en Buades, que se anticipaba a lo que luego sería el mal del archivo y el aumento de la mediación cínica en la institución, cuando creíamos haber llegado a un tope de decepción. Idoia presentaba unas pinturas donde el contexto era tan politizado como mágico. Me sorprendieron bien pero para muchos eran un distanciamiento excesivo de sus deconstrucciones. Yo leí todo lo contrario, eran para mi pinturas estrictas en su materialidad pero que tenían fuertes contenidos de ensamblaje narrativo. Como todo lo que he visto después en Idoia, se alejaban de cualquier ilustración o ejercicio de política formal-nominal, estaban precisas, en contexto. Pero no era fácil para todos asimilar ese giro y menos contemplarlo desde la pintura después de años de retina golpeada por el dandismo matérico del los expresionismos e informalismos de tanto autor chavalote. Años después, pude conversar con Pablo LLorca sobre esto mismo y por qué nos interesa tanto I. Montón. Yo he tardado en comprender cómo y por qué las tramas urbanas, los descampados, las exclusiones y los sujetos que trabaja Idoia están inscritos en esa demolición del selfismo que Idoia propone como un relato polifónico. En las pinturas, respecto del ingente trabajo en dibujo, hay un juego muy preciso de subtitulados que sólo he visto en algunas literaturas. Idoia abandonó un trabajo de especulación en escultura que le daba buenos frutos en todos los sentidos y que años más tarde hemos visto desarrollarse felizmente en artistas como Thea Djorjadze. Fue en una conversación con ella en la kasa okupada de Barcelona cuando, recogiendo montones de dibujos y comentando las dificultades de la voces no nominales en las asambleas, comprendí por qué I. Montón había elegido la pintura y el dibujo, concentrarse en ese campo para no alejarse de las realidades que prefería, es decir negar las mediaciones especulativas no por un esencialismo extraño si no como una necesidad de empatía en abierto con su contexto inmediato, con las dificultades y las polémicas de éste, ir a por todas y no alejarse desde la ilustración inteligente. Negar la abstracción pacificada de la realidad (la actividad artística en su naturalismo sumergido o no), diciéndole: conmigo no cuentes.

En algunas cenas en esa kasa okupada Idoia ha ido mostrándonos su trabajo a cuenta gotas, en abuso de ingenuidad y eso lo ha disfrutado mucho, casi con pasión. Ver cómo aparecían los sujetos que compartían la vida con Idoia era mágico, en el mejor sentido de la palabra. Quizá y desde luego el entorno de crisis, la revolución conservadora de estos años, la brutal expropiación de lo público en nuestras sociedades y la disminución de los derechos civiles de estos años han sido el punto más álgido de todo el proceso de falsa economía y de delirio social que hemos vivido desde la transición y en eso la institución arte ha sido hiperrealista, un casino avanzado.

Encontrarme como público con el trabajo de Idoia en sus condiciones críticas era casi una cura dentro del relato especulativo dominante.

La pesadilla del mundo rosa y del mundo cemento, los mediadores autores y su moralismo producto, desaparecían de mi pesar habitual, gracias Idoia.

Idoia ha participado de la misma forma haciendo carteles para colectivos o participaba en procesos de asamblea o venía a mi taller del Museo Oral de la revolución, con un excéntrico distanciamiento que me hacía pensar en otros momentos de la actividad artística, cuando el trabajador de las imágenes se conocía (o desconocía) en los procesos comunes por estar muy convividos.

El trabajo de I. Montón me ayuda a interactuar con la proliferación de presentes en que se ha convertido nuestra cognición, me aísla, efectivamente, de la pantalla total de la comunicabilidad del capitalismo en su fase de genocidio financiero, me lleva a una zona inestable donde puedo inhibirme de la inmediatez: esa gran norma conducta.

Y bien, una pintura de Idoia habita en mi vivienda reciente, es una pintura de una rana al final de un túnel, la rana es casi una pantera para mi, sería la pantera rana el enemigo número uno del dandismo de la pantera rosa, esa es la broma personal que me hago muchos días. Esa pantera rana trabaja junto a mi.

Con el trabajo de Idoia he comprendido varias cosas más: ignorar el dandismo como insuficiente y no desde una trama moral, también está el hecho de hacer imposible o poner dificultades al personaje de la Casandra narcisista, ese tipo de autor que predice desde la fatalidad todos y cada uno de los hechos.

Los collages más recientes de I. Montón son muy buen Atlas, honesto y generoso. Recientemente, ha elegido unos formatos y una manera de incidir sobre la superficie producto de un gran cabreo pero están llenos del tiempo de experiencia, es decir son lentitudes de raíz, a veces hay demoras en los relatos de Idoia que son de tal densidad que debo fotografiarlos para llevarlos a parte, a otro momento y verlos de nuevo, desde el detalle. Esos juegos de zoom en los últimos collages son emocionantes, antipantallas, exentos de proyecciones sobre la realidad o el otro, son inclusivos en extremo, cuentan con casi todo, y de ahí la emoción.

Javier Peñafiel