LO REAL, LO SIMBÓLICO Y LO METALINGUÍSTICO

LO REAL, LO SIMBÓLICO Y LO METALINGUÍSTICO
Por Amanda Cuesta

Rosa Queralt realizó un gran ejercicio de organización y análisis del trabajo de Idoia Montón a través de un conjunto de textos que, con ese estilo tan preciso y situado que la caracterizaba, supone una puesta en orden efectiva e imprescindible para aproximarse, en toda su profundidad, a los aspectos que componen su obra. Este material se publicó en la anterior monografía (1) de la pintora y repasa su trayectoria hasta 2013.
La presente publicación trata de recoger humildemente ese testigo para presentar las últimas producciones de la artista.

La obra de Idoia Montón indaga permanentemente los registros expresivos de la pintura en interacción con las realidades en las que se contextualizan sus espacios de trabajo, sus talleres, así como sus espacios de vida. La práctica artística es siempre una manera de mirar y entender el mundo, y la pintura es una forma de escritura con sus própios códigos y leyes.

Sus procesos creativos parten de un libre fluir de las formas, de encontrar, a partir de pequeños experimentos formales, aquellas ideas y elementos expresivos con la suficiente fuerza para devenir obras de mayor complejidad. Esta publicación arranca con un conjunto de estos trabajos previos, exquisitas criaturas de laboratorio que anticipan lo que viene después.

Las formas, la gama cromática, los procedimientos de ensamblaje y collage de este conjunto de piezas ya contienen lo que se complejiza al pasar las páginas, un universo en el que se dan encuentro desde las representaciones sublimadas y abstractas de un gran asco, de un vómito, a la fascinación por la belleza que a pesar de todo contiene la vida. Ahí está de algún modo la clave de su mirada, habitando el umbral en el que un desgarro, contenido en las formas limpias de la representación, da aliento y sana, porque se convierte en germen expresivo que permite dar orden y comprensión a las cosas.

En estos pequeños formatos, repletos de ideas sencillas y lúcidas, Idoia Montón experimenta con los recursos que le ofrece el collage, un procedimiento para pensar con rapidez, establecer conexiones inmediatas y directas que dan soltura a su pintura y le posibilitan avanzar formalmente. Las propias cualidades expresivas de los materiales ensamblados, recursos aprendidos en su formación escultórica, resultarían irreproducibles de otro modo. Y en estos ejercicios experimentales vemos aparecer la incorporación directa de fotografías de la ciudad, por ejemplo, un elemento que no estaba presente en trabajos anteriores y que supone un salto expresivo, y también fragmentos de obras clásicas. Ambos recursos son recurrentes en las obras más relevantes de su producción de este último lustro.

La manipulación de reproducciones de la historia de la pintura le permite incorporar la cita y dejarse transitar pictóricamente.
No me refiero exclusivamente a un mecanismo de apropiación, el gesto posmoderno de tomar una referencia clásica para llevarla a otro lugar. La incorporación mediante el collage de estos elementos y la posibilidad de intervenirlos mediante el trazo y el gesto, deviene una herramienta expresiva a nivel de superficie, en términos puramente pictóricos. Aunque, evidentemente, se activa un diálogo conceptual con otras épocas lleno de equivalencias y transformaciones en esta capa metalingüística que da profundidad al plano. Algo similar,dar profundidad al plano, formal y conceptualmente, opera en el recurso de incorporar fotografías urbanas como mecanismo para representar lo que sucede, lo que nos está pasando.

Me resuenan poéticamente los títulos que Rosa Queralt dedicó a algunos de los capítulos de la anterior monografía: «Desde la planitud surge una renovada noción de espacio. Representar la realidad a través de fragmentos. El arte y la vida se funden en sola entidad. El retrato como forma de discurso, como lenguaje y como sistema de signos. El término realismo conlleva significados plurales. Los bodegones de taller como ejercicio introspectivo»…

Suceden muchas cosas en los pequeños formatos que produce Idoia Montón a partir de 2014. Evoluciones formales, como las que ya he comentado, pero también en lo que respecta al retrato como sistema de signos y en la incorporación de nuevas tipologías más abstractas y genéricas, muy complejas, abordadas con gran concentración y fieles a esa idea del realismo como espacio de lectura plural. En algún momento de este dejarse llevar por la pintura empiezan a aparecer una serie de rostros monstruosos que acabarán cobrando un gran protagonismo en las pinturas sobre la guerra, entre otras cosas. Esos retratos como sistema de signos, desligados de personajes reales, alcanzan el simbolismo de o arquetípico, como en Puber o en El rapto de las sabinas III.

La guerra de siempre, el horror de una civilización capaz de destruir masivamente con el único ánimo de acaparar recursos, poder y gloria. Esta es solo mi lectura, pero la serie sobre la guerra supone un punto álgido y extremadamente complejo en la trayectoria de la artista, tres obras que concentran toda la experimentación formal previa para centrarse en la representación de un tema que surge a partir del conflicto civilizatorio (2) pero que va más allá, ramificándose en nuevas series, con resultados tan sorprendetes como conectados.

Las obras en cuestión son La acumulación originaria (vinculado temáticamente con La caza de brujas), Las lanzas y finalmente La tregua, tres obras que formaron parte de la exposición individual de Idoia Montón en el centro de producción de Barcelona La Escocesa y sobre el que Javier Peñafiel realizó un texto que hemos incluido en esta publicación, porque, insisto, son obras llave.

En nuestras conversaciones sobre La tregua, que bajo mi punto de vista es la obra más importante de este periodo, Idoia Montón abordaba la versión de una obra clásica. Y aunque la alusión a La rendición de Breda de Velázquez es evidente, siempre pienso en Goya al mirar esta obra, en tanto a pintor que ha representado como nadie el horror y la locura. Mientras que Velázquez representa una rendición idealizada, respondiendo al programa propagandístico barroco de la corte española, Idoia Montón representa una tregua, una pausa en el horror, el ejército de fantasmas que rodea a los gerifaltes. Se sirve del cuadro de Velázquez como una estructura donde proyectar una cosmogonía, un mapamundi, y donde además hablar de la historia, de su promesa y de su cinismo, en un juego de antagonismos y equivalencias. El uso de estas referencias históricas y el giro que incorpora, dejándose llevar por los cambios perceptivos que acontecen en una manera azarosa pero también llena de rabia de dejar que la pintura la guie y le marque el camino, la conducen a representar algo nuevo, a señalar un cambio ideológico. Tratando el tema de la guerra, con una concentración extrema, repito, la artista se sirve del barroco, que más allá de su belleza nació como instrumento de exaltación y propaganda, para darle la vuelta y reflejar sus propios valores, una crítica a la geopolítica del s.XXI, una crítica a las violencias presentes en el derrumbe moral del sistema capitalista. Las dinámicas de desigualdad que en las ciudades, incluso en los ámbitos urbanos europeos y privilegiados, estan socavando y machacando vidas y por otro lado, llevado a otro extremo, los contextos de guerra explícita, como la guerra en Siria, donde la herida se abre exponencialmente. El tema, según me ha contado, surgió por sí solo y aunque como pintora no se dedique a hacer análisis político, sin duda hay una mirada comprometida con lo que la rodea y un sentirse interpelada que hace que la realidad penetre. Esto que siempre ha estado en su trabajo. El sentimiento de perplejidad de una persona corriente ante las imágenes de los bombardeos en Siria, un pueblo destrozado en directo, un horror ante el que nadie hace nada. Desde ahí, la pintura opera como forma de pensamiento autónomo, una construcción no racional pero sí clarificadora.

En el centro de La Tregua aparece un elemento sutil que viene a ser casi lo contrario de lo que sucede en el cuadro y que anuncia el siguiente paso. Hay una presentación de lo animal en relación a lo femenino que también cobra una gran fuerza en otras obras, en las representaciones del subsuelo de Glorias, o en la obra Solar, que cierra la publicación. Pero precisamente en las dos obras que siguen a la serie de la guerra, que funcionan como díptico, donde se representa la plaza de las Glorias de Barcelona, aparece un subsuelo habitado por unas dragonas fantásticas, unas fuerzas de la naturaleza latentes que son de nuevo como todo lo contrario a lo que sucede arriba, en la superficie. Se trata de una plaza llamada a ser desde su primera urbanización el nuevo centro neurálgico de la ciudad, pero cuya permanente transformación ha sumado un fracaso tras otro, soportando perennemente obras faraónicas que hasta la fecha solo la han hecho efectiva como sumidero de dinero público. Casualmente se llama plaza de las Glorias Catalanas, o plaza de las glorias nacionales de cualquier lugar. En el cuadro de noche, junto a la dragona, aparece un personaje femenino. En este motivo hay una alusión muy clara al cómic (3), que es otra de las grandes referencias en la pintura de Idoia Montón, así como a cierta simbología mítica sobre las sociedades matriarcales primitivas (4), donde la dragona estaba unida a la princesa, cuando eran la misma cosa. La complejidad de las iconografías de estas obras, la mezcla entre lo real y lo simbólico, lo contemporáneo y lo mítico, el choque entre ideas antagónicas que se espejan entre ellas, son una sacudida. Cuando vi por primera vez ambas pinturas me pareció un gran resumen de todo, una imagen visionaria de los tiempos que corren, de lo que corre oculto.

Los paisajes urbanos de las obras que siguen, transitados en la noche, oscuros y desolados, donde la pintura se vuelve textura abstracta, me evoca la experiencia cotidiana de esa crisis permanente que sufrimos y de la que oficialmente ya no se habla. Son psicogeografías concretas de un capitalismo crepuscular y tenebroso, donde sin embargo, la belleza se cuela, por más toneladas de hormigón que le pongan encima. De nuevo la pintura abre el umbral de la visión. En La fuerza del trabajo se produce una representación del mundo obrero, una fuerza recortada por la crisis y por la propaganda demonizadora.

Pero en los espacios metafísicos de la pintura, se produce un movimiento donde lo invisibilizado aflora y revela una imagen en el fondo de la caverna, como en la pintura rupestre donde las rocas revelan todas las cosas. Aquí estamos, somos la fuerza del trabajo, hacemos que todo funcione sometidos por La caza de brujas, que es otra vez la imagen contraria, o lo que está en el otro extremo, en la raíz, en el subsuelo, en el fondo de la caverna. Como en las pinturas de las Glorias tenemos un nuevo díptico donde operan los contrarios. Lo que subyace al recorte y demonización de La Fuerza del trabajo es la misma lógica extractiva germinal capitalista que pone en marcha un cambio de orden, la acumulación primigenia del capitalismo que Silvia Federicci describe tan bien en Calibán y la bruja, que es un libro de cabecera que compartimos. Ambas pinturas son un vórtice temporal, entre el origen y la decadencia del sistema capitalista.

Se produce con frecuencia una escisión entre lo real y lo simbólico, como si fueran cosas distintas. Pero la representación, especialmente la representación pictórica, es un instrumento efectivo que se sirve de ambos ámbitos, porque opera un proceso de destilación, de lo real directamente y de lo que pensamos o sentimos sobre ello. Son las leyes básicas de la escritura para toda aquella que pretenda decir algo que sea verdad.

Me gusta la presencia de lo real en la pintura de Idoia Montón: la crisis, la guerra, en definitiva, la crítica al capitalismo. Pero me interesa más aún su manera de sublimar la realidad. La capacidad del arte para convertir lo real en representación.

Es muy difícil generar una iconografía propia, un repertorio simbólico que ofrece una manera de ver a través de la pintura.
Por ejemplo, hay elementos que destacan mucho: el movimiento, la animalidad, lo tentacular, las formas blandas y las cavidades oscuras. Son todos elementos que se refieren a la latencia germinal y que contactan con esa idea reconciliatoria de que la belleza, la vida, acaba colándose por las rendijas, emanando incluso de los containers, a pesar de todo.

En la última serie que reúne este libro se hace muy evidente, son como ciudades orgánicas, totémicas y de nuevo mostrencas y además la gama cromática cambia radicalmente, adentrándose en otro universo más próximo a la ciencia ficción, imaginando las formas de los futuros posibles para que la vida siga. Y tiene toda la lógica, cuando un sistema se encuentra en fase de decadencia6 y derrumbe hay que pensar en el porvenir. Como dice Donna Haraway (7), la metáfora visual es aplicable a otros ámbitos, son iluminaciones.

Este es posiblemente el elemento que más me interesa de la obra de Idoia Montón, su búsqueda permanente de un nuevo punto de partida y su renuncia al estilo, a la fórmula fácil.
Tanto Ocaso como 2666 (8) suponen un aparente salto radical desde un punto de vista estilístico, pero hay una coherencia extrema que cose la guerra, el urbanismo extractivo, la fuerza del trabajo y la caza de brujas con este díptico que a mi modo de ver aborda la cuestión de género en clave futurista. Todo está interconectado y nos susurra más allá de la intención de la autora. La crisis, la guerra, las cavidades y tentáculos, los fundidos a negro, son meros mecanismos articulados que dialogan para activar nuestra lectura de lo cotidiano en conexión a nuestra memoria ancestral y atávica, lejos y atrás, hasta nuestra animalidad primigenia.

En El paso de las dos hermanas, las dos montañas que marcan una frontera geográfica entre la planicie y el País Vasco se funden con una encrucijada urbana, una entrada a Barcelona. Es un cuadro que habla sobre la idea del paso, de la puerta o umbral, de lo que sucede cuando cruzas la frontera. Me parece un gran colofón para esta publicación. Idoia Montón habita el umbral y no para de cruzarlo. En una conversación reciente me comentaba que anda buscando una belleza más sutil, mas abstracta, mas existencial, con más soltura, y esa declaración de intenciónes me lleva a poner en valor su libertad ante la pintura, emancipada de los neoacademicismos y formalismos conceptuales que hoy se imponen en el mercado. Porque deshacer ideas establecidas es una de las funciones del arte y crear mecanismos para que nazcan nuevas, como hicieron, por ejemplo, los surrealistas. Se habla del fracaso de las vanguardias artísticas, que nacieron con un evidente afán revolucionario, sin embargo antes de agotarse, cumplieron una función importante, limpiando los lenguajes de protocolos tortuosos e imposturas del siglo anterior, para abrir una senda más limpia y libre por la que transitar. Todo nos sirve, toda puerta, toda referencia, todo recurso expresivo, para pensarnos mejor.

1. QUERALT, ROSA: Idoia Montón, Eremuak, 2014
2. MUMFORD, LEWIS: El mito de la máquina. Técnica y evolución
humana, Pepitas de calabaza, 2017
3. CORBEN, RICHARD: www.2warpstoneptune.com/2015/02/18/
richard-corben-art-anomaly-4-november-1972/
4. GRAVES, ROBERT: La Diosa Blanca, Alianza editorial, 2014
5. JONES, OWEN: Chavs, la demonización de la clase obrera, Capitán
Swing, 2012
6. TIQQUN: http://tiqqunim.blogspot.com.es/p/primer.html
7. HARAWAY, DONNA: Como una hoja, Contintametienes, 2018
8. BOLAÑO, ROBERTO: 2666, Alfaguara, 2018